La artrosis en gatos está muy subdiagnosticada porque los signos no se parecen a los del perro. El gato no cojea ni se queja: deja de saltar al mueble que antes usaba, duerme más, se acicala menos la zona lumbar, empieza a hacer las necesidades fuera del arenero porque le cuesta entrar, o se vuelve intolerante a que lo toquen en la espalda.
En gatos no busques cojera: buscá cambios de conducta. Dejó de saltar a lugares que antes usaba, baja en dos tiempos, duerme más, se acicala menos la espalda baja, empezó a hacer fuera del arenero o se molesta cuando lo tocás en el lomo. Cualquiera de esos signos en un gato de más de siete años amerita evaluación de dolor.
No son analgésicos: aportan soporte al cartílago y su efecto es gradual, de semanas. Si tu gato ya tiene dolor, necesita un plan que puede incluir medicación específica, control de peso y adaptación del entorno. Nunca le des antiinflamatorios humanos: el ibuprofeno y el paracetamol son gravemente tóxicos en gatos, el paracetamol incluso letal en dosis muy bajas.
Tres cosas con mucho impacto. Controlar el peso, porque cada gramo de más carga las articulaciones. Adaptar el entorno: rampas o escalones hacia los lugares altos que le gustan, arenero de borde bajo y fácil acceso, camas mullidas en lugares tibios. Y mantener movimiento suave con juego diario, en sesiones cortas, para conservar masa muscular.
Disponible en Dra Luka Veterinaria, especialista en Medicina Felina, en Chacarita, Buenos Aires.