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Las dietas veterinarias no son alimentos premium con otro nombre: tienen la composición modificada —proteína, fósforo, sodio, minerales, pH urinario, fibra, según el caso— para intervenir sobre una enfermedad concreta. Por eso se indican con diagnóstico y se controlan con seguimiento.
No es recomendable. Estas dietas tienen nutrientes restringidos a propósito —fósforo y proteína en las renales, minerales y pH en las urinarias— y en un gato sano esa restricción no aporta protección y sí puede generar carencias. Si te preocupa la salud renal o urinaria de tu gato, lo que corresponde es un control con análisis, no cambiar el alimento por las dudas.
Gradual, en siete a diez días: empezá con un 25% del nuevo y 75% del anterior, y aumentá la proporción cada dos o tres días. El cambio brusco genera diarrea y, en gatos, además aumenta el riesgo de rechazo: si asocian el alimento nuevo con malestar, después cuesta mucho que lo acepten. En gatos exigentes conviene estirar la transición a dos semanas.
Depende de la condición. En enfermedad renal crónica y en algunos cuadros urinarios, la dieta suele ser de por vida porque es parte del tratamiento. En cuadros digestivos agudos o en recuperación posquirúrgica, en cambio, puede ser por un período acotado. Esa decisión se toma en el control, con los resultados en la mano, no por cuenta propia.
Disponible en Dra Luka Veterinaria, especialista en Medicina Felina, en Chacarita, Buenos Aires.
